
La batalla naval de Mbororé fue la primera en los fastos navales argentinos. Gracias a los espías, llamados entonces bomberos, los Jesuitas de las Reducciones supieron a principios de 1641 que, río Uruguay arriba, los bandeirantes Jerónimo Pedroso de Barros y Manuel Pires, preparaban innumerables barcazas, para invadir los pueblos misioneros.
Como han expuesto varios historiadores, querían borrar la ignominia de las derrotas de 1639 y echar más al occidente al odiado español; querían además aprovisionarse de indios para su pingüe comercio humano.
Los Jesuitas contaban a la sazón con 4.000 combatientes, 300 de los cuales tenían armas de fuego, pero incrementaron cuanto les fue posible, ese ejército, e hicieron construir barcos y canoas de variada índole; fortificaron además un punto adecuado sobre la margen derecha del río Uruguay, un poco al norte de San Javier, junto al pequeño río Mbororé, actualmente llamado Acaraguá.
Tenían noticias de que los enemigos se acercaban y en los primeros días de marzo de 1641, estaban los soldados de infantería dentro de la empalizada o fortaleza, y los marinos en sus barcos y botes. El viernes 8 de marzo se acercaron cien barcos paulistas y les salieron al encuentro 30 barcos misioneros con 250 indios, con el objeto de hacer que viraran cerca de la costa occidental, para ser allí ser acribillados por los soldados apostados en tierra. La lucha duró dos horas, con grandes bajas enemigas. Éstos, muy a pesar suyo, tuvieron que reconocer que aquellos indios no eran los indefensos de años atrás. El lunes 11, a las 2 de la tarde, recobradas las fuerzas volvieron los paulistas al ataque. Pero el Padre Romero, alma de aquella resistencia, había hecho tripular 70 barcos con abundantes soldados, de los que 50 eran arcabuceros. El jefe de todos ellos era el Cacique Abiarú.
El Hermano Domingo de Torres comandaba la tropa terrestre, y Abiarú, que iba en un barco con parapeto y con un cañón, abrió el fuego disparando esta pieza de artillería. Tres naves paulistas se fueron a pique y la batalla se inició con furor. Los tiros eran abundantes de una y otra parte, con evidente superioridad misionera. Trató entonces Pedroso de Barros de envolver a la Escuadra Guaraní, y con sus hombres lo logró por unos minutos pero fueron arrojados bien pronto de sus posiciones y obligados a aproximarse a la estacada, desde donde los indios misioneros de la infantería, los barrieron con sus armas. Alejados de la costa los bandeirantes, las 130 barcas y canoas de los mismos, tripulados por 300 blancos y 600 indios tupíes entraron en lucha contra los 70 barcos misioneros, tripulados por 300 guaraníes. Habiendo perdido 14 barcos y con no pocos muertos y heridos se retiraron los bandeirantes a la costa oriental. Pretendieron allí fortificarse pero acosados por los guaraníes misioneros, escribieron a los Jesuitas una carta llena de sentimientos, reconociendo su error y pidiendo que no los acosaran ya más.
El pdre Ruyer, buen testigo de los sucesos, asegura que sólo pretendían ganar tiempo para caer mejor equipados sobre los misioneros. Al recibir esa misiva, el Padre Romero manifestó a los guaraníes misioneros su contenido y la rompió en pedazos, a la vista de todos. Volviese a la lucha el 13 de marzo y los reveses de los bandeirantes fueron terribles, y aun en la noche de aquel día los enemigos fueron acosados por guaraníes misioneros. Quisieron entonces los enemigos parlamentar pero viendo que ni esa gracia se les otorgaba, se desbandaron por aquellos campos, perseguidos tenazmente por los guaraníes de Misiones. La persecución se prolongó por varios días más hasta las nacientes del río Uruguay donde tenían el campamento base los bandeirantes. Tal fue la gran victoria de Mbororé, cuyas consecuencias fueron muy grandes y cuya repercusión llegó hasta la Corte, donde el Rey dispuso un acto de culto en el que se dieron gracias a Dios por tan insigne victoria. (1)
Había dado sus frutos la enjundia del trabajo del Padre Antonio Ruiz de Montoya, quien habiendo pasado por las instancias sucesivas de Asunción, el Tribunal de Alzada de Charcas y la propia capital virreinal en Lima, debió asimismo trabajar arduamente en la mismísima Madrid para obtener el permiso que le permitiera armar las milicias misioneras en defensa de la vida, el territorio y los bienes de los súbditos españoles, que le fuera denegada sistemáticamente en las audiencias menores citadas precedentemente.
Es importante consignar asimismo, para tener una idea que nos ubique en contexto de época, cuando ocurriera la Batalla de Mbororé y acá en ambas márgenes del río de los pájaros se batieron más de 6.000 hombres en armas, la Buenos Aires colonial contaba por entonces con escasas 1.300 almas como población total según los registros de entonces.
Los misioneros de hoy debemos rendir especial culto a nuestros antepasados que en esta singular y especial batalla de Mbororé marcaron el límite a las pretensiones de los bandeirantes paulistas, que de haber triunfado les quedaba expedito el camino río abajo hasta las aguas del Plata.
No se conformarían sin embargo los lusitanos y pretenderían fuertemente instalarse en el estuario del Plata, fundando el navegante Gama de Lobo la Colonia del Sacramento en 1680, es decir algunos años después, ingresando por el océano esta vez a las márgenes del río de la Plata. Costaría mucha sangre guaraní la reconquista de la Colonia del Sacramento –hoy Colonia, República Oriental del Uruguay, que fue definitiva cien años después, en 1780, aunque eso es motivo de otro trabajo, también muy especial.
En homenaje a Antonio Ruiz de Montoya, de los Padres Pedro Romero, Cristóbal Altamirano, Juan Cárdenas, Antonio Bernal, Claudio Ruyer, Pedro Molas, José Domenech y José Oregio; de los Caciques Ignacio Abiarú y Nicolás Ñeenguirú y a los miles de misioneros guaraníes quienes en combate garantizaron nuestra existencia como castellanos y posteriormente como Nación independiente y soberana a la faz de la tierra.
Especialmente en el año del bicentenario de la Revolución de Mayo corresponde rendir un especial homenaje a esta proeza de la fundación nacional. Que así sea.
(1) Tomado la obra “Misiones y sus Pueblos de Guaraníes” de Guillermo Furlong S.J.
Autor del trabajo: Juan Manuel Sureda, presidente de la asociación civil "Flor del Desierto".





