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OPINION
La creencia en los dioses y el sometimiento humano, (05-03-2005)
Escribe Eduardo Vallés

Durante muchos años, la religión predominante en las naciones de América Latina, ha estado impidiendo el ejercicio del libre albedrío que, al decir de sus propias doctrinas, su dios le ha conferido a los seres humanos que tienen tal creencia.
Aún en tal caso, si la prohibición de ejercer el libre pensamiento fuera una cuestión circunscripta a los feligreses voluntarios de determinada secta religiosa (llámese evangelista, católica, bautista, etc.) la cosa hasta podría considerarse aceptable, más allá de lo ultramontano.
El problema comienza a tomar carácter de cuestión de Estado cuando una fracción de la jerarquía de una determinada iglesia comienza a querer imponer sus creencias al conjunto de la sociedad.
Imagínense si el ciudadano debiera tomar todas las creencias para sí, tendría una navidad cristiana, otra judía, un año nuevo cristiano, uno chino, una pascua católica, otra judía - el pesaj-, el ramadán, y tantas otras celebraciones que son propias del ámbito creyente.
Hubiera estado obligado a creer en Zeus o en Tritón en Grecia, o en Amón Ra en Egipto, o en Thor u Odín en la Escandinavia antigua, y así hasta llegar a nuestros días, con la deidad de moda.
Debería caminar con un Rosario, una Estrella de David, y una imagen de Buda en su cuello luchando siempre contra el dolor cervical.
Los que no creemos, es decir, los ateos amateurs, indiferentes, o sea los que no tenemos interés en el debate religioso, y directamente somos imperturbables a cualquier manifestación de religiosidad (más allá del respeto obvio) al igual que un apolítico lo es respecto de peronistas, radicales, renovadores, por ejemplo; vemos con profunda preocupación que asuntos que nos pertenecen a todos como comunidad, pretendan ser monopolizados en sus definiciones y conceptos por parte de sectas religiosas.
Las recientes declaraciones del Ministro de Salud de la Nación, en un intento por representarnos a todos, invocó la necesidad de despenalizar el aborto, lo que hizo que los llamados subsecretarios o ministros de sus dioses salieran, bajo las sotanas, con los tapones de punta.
Resultaría lógico y comprensible que tal oposición a los derechos de las familias se redujera a un simple sermón de sus rebaños, pero la gravedad se constituye ante la pretensión de abarcarnos a todos. Es decir, si mañana un Imán del Islam se le ocurre que yo no debo hacer tal acción, ocurra que mi República legisle contra mis convicciones lícitas.
Ginés González García estuvo muy acertado al hablar de despenalización, sin que ello obligue a nadie a abortar, sino que brinda a quien quiere hacerlo la protección del Estado.
De persistir en el actual sistema cavernario, solo los ricos podrán acceder a centros privados o viajar a los países adelantados en la materia para poder realizar su acto voluntario.
Una discusión igualmente paleolítica tuvimos en ocasión de la legislación del divorcio, y el progreso está a la vista.
Como respuesta a nuestro permanente y pasivo reclamo relacionado a que ninguna iglesia nos maneje las conciencias, solemos escuchar a los Torquemadas de siempre, que como enanos de la Inquisición nos hablan que la vida es de un creador determinado, en el que ellos creen y que debemos rezar por esas cosas y no se cuántas otras ritualidades, que las respetamos sin recibir el mismo trato por parte de los mismos.
No creemos en dios, no nos interesa a los ateos ninguna cosa que tenga que ver con la manipulación de las almas ni los cuerpos de cada persona. La dignidad humana ya estaba consagrada en el Código Hamurabbi, que como se sabe, se elaboró dos mil de años antes que existiera Cristo y los cristianos y de varios dioses de Olimpo, tanto antiguos como los dioses modernos.
A pesar de la desigualdad en el trato, y el ilusorio sometimiento al que buscan sojuzgar a los Estados, igual defendemos el derecho de los creyentes a creer en sus religiones y a expresarse como más les parezca; pero más temprano que tarde, las sociedades progresan y van abandonando el esoterismo en pos del progreso propio y de las generaciones futuras.

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